
El cielo se unió al duelo, el dolor de la memoria en el reflejo de las Lágrimas que bajaron del paraíso para inundar a La Palma de su hermosura.
Como un azahar tardío o un recuerdo del pasado, el tiempo regalo a la ciudad la cercanía de la madre, la suave caricia de sus manos, y la ciudad fue a su encuentro como pañuelo de seda para secar sus lágrimas, como elido vendaval que congela en las rosas el rocío.
Nuestra Señora y Madre de la Lágrimas permaneció en el día de ayer expuesta en devoto besamanos. Una alfombra de pétalos acogía sobre si a la Señora, ataviada como los días del triduo, que se alzaba gloriosa entre una nube de pureza de blancas flores entrelazadas. Tras ella el Señor Cautivo presidía el altar en el que días atrás su madre había recibido suplicas y oraciones por las animas benditas.
Broche de oro al tiempo ordinario, clasicismo y elegancia en lozana pero madura devoción de María, Lágrimas de antaño marcan el presente y consolidan la tradición. La Palma queda cautiva de la inefable dulzura de una madre que nos invita a la reflexión del tiempo, y en ese instante en que nuestros ojos quedan impregnados de su presencia alcanzamos a comprender el símil de Quevedo ". . . soy un fue, un será, y un es cansado."
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