
Era una tarde de sábado plomiza y fría. La primera tras la Epifania. La lluvia arreciaba a ratos. En el Valle, un grupo de hermanos se concentraba ante la portada de azulejo trianero que da paso a la capilla del Nazareno.
A sus pies, aparecía la Virgen, de pie, sobre el suelo, vestida con el manto azul de hebrea que Ella misma sostenía en sus manos. Reinaba el silencio absoluto en los presentes de manera que, incluso en el interior de la pequeña capilla se oía el ruido del agua caer sobre la calle.
Aprovechando un breve alto de la lluvia, la Virgen emprendió su breve camino hacia la Secretaría de la Hermandad. Mientras jóvenes centinelas apostados en las esquinas, velaban porque solo el cielo y sus devotos viesen cómo la Virgen recorría esos escasos metros que la separaban de la que sería su morada durante la restauración.
Arriba, todo estaba preparado. Dicha estancia, cuajada de bordados de oro antiguos, se convertía en improvisado camarín para su Reina.
Antes de la despedida, una oración, un beso cercano en sus benditas manos y un deseo: “Que vuelvas pronto, y que sigas siendo la misma”
Era el deseo de todos los que estábamos allí.
Y allí quedó la Virgen. Desprovista de sus atributos de reina, de pie, esperando la llegada de un hermano de la corporación, Licenciado en Restauración, que sería el encargado, poco a poco, de irle devolviendo a la Señora todo el esplendor que el tiempo le hubiera podido haber arrebatado a lo largo de sus setenta y cinco años.
Día a día, semana a semana, y cumpliendo escrupulosamente el itinerario marcado, se iban resanando las pequeñas heridas causadas por los alfileres, las joyas… Poca cosa sin duda. Heridas levísimas todas y casi imperceptibles la mayoría. Otras, como la señal en el cuello, un poco más significativa y de mayor envergadura, pero que nos hablaba de un tiempo pasado en la que la gargantilla de plata ceñía cada Viernes Santo y en todos sus cultos, el cuello de la Señora.
Avanzaba febrero. Una noche fría la Virgen volvía a su casa. En el Valle, se limpiaba a fondo para cuando la Virgen llegase. Se abría la cancela que la vio marchar y la puerta de la Plaza de Ntro. Padre Jesús de par en par. Volvían los centinelas a las esquinas para asegurar la intimidad del momento. De cerca, Antonio Bernabé, quien la había tenido entre sus manos durante todo este tiempo bajo la autoridad de su licenciatura y profesionalidad, y algunos hermanos de la corporación.
Saya de tisú de plata con aplicaciones bordadas y un velo cuajado de plata a modo de novicia que profesaba sus votos ante Dios. La Virgen volvió a recorrer el corto camino y encaró de frente la puerta del Valle. Fueron unos segundos. Breves. Muy breves. La Virgen volvía a su casa y regresaba directamente al centro de su capilla, a los pies del Señor.
“Es la misma….”, “está igual…” Era el comentario asombrado y tranquilo de los que la volvían a ver tras un mes de ausencia. “Está bellísima….” Algunos hermanos, con lágrimas en los ojos, agarraban del brazo a Antonio, en señal de agradecimiento por lo que había hecho, como si fuese un médico que ayudó a sanar a nuestra madre… Era eso lo que se palpaba en el ambiente… Sonrisa en los labios de todos, que no se podían contener. Ilusión en las miradas húmedas de emoción.
Y alegría…, mucha alegría… La Virgen del Socorro ya estaba en su casa.
La niña humilde y sencilla del Viernes Santo pese a portar siempre el manto más cuajado, la corona mas perfecta, las alhajas más hermosas, volvía con toda la humildad, con toda la sencillez y toda la belleza que tienen en mi tierra las imágenes de la madre de Dios.
Dios te salve, María, porque en verdad eres llena de Gracia y Bendita entre las Mujeres…
José María Márquez Pinto.
Fotos: José Mª Pichardo


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