
Alfa y omega de la ciudad. La suave caricia de tus manos hace renacer la víspera de su letargo estival halla por la vendimia y la consume en ese viernes de añoranza. Son pues tus delicadas manos hilanderas del tiempo y el alma de esta devota ciudad que muere cada Viernes Santo en el último aliento de las cesterías de plata de tu palio decimonónico. Hoy es tu presencia más cercana, mas humana, de incomparable belleza la que hace despertar el azahar y consumir en cenizas la vida. Desvías la mirada hacia la reja que te custodia buscando el rostro de tus hijos, recelosas huyen tus pupilas de la luz dorada de la tarde, atravesando la rosa y el rosario, que trae rumores de duelo en la decadencia de abril. Pero antes de que en tu rostro se refleje el dolor de la ciudad dejarás grabada en su corazón la clásica estampa hebraica que es capaz de hacernos sentir la lejana cuaresma en la cercanía de tu maternal rostro.
Foto: José Mª Pichardo
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