martes, 22 de febrero de 2011

Renacer



Haz de luz que surca los tiempos e ilumina con renovado fulgor del pasado el corazón mudéjar de la ciudad. Luz tan pura como la luna, capaz de eclipsar con su mirada el firmamento.

Disipadas las tinieblas de la ausencia se alza triunfal su presencia celestial, queda derrotado el tiempo en su garganta. Volvió María a mirar a la ciudad que implora de sus manos el Socorro del alma.

Largos se hicieron los días en los que faltó su senda, esa que hasta el cielo lleva oraciones sinceras, pero al fin regreso, clara y limpia, como aquellos primeros días en los que acariciaba su piel el aire seco de la serranía.

Las manos de D. Antonio J. Bernabé Ávila han devuelto a María Santísima del Socorro a las del propio Sebastián Santos. Con intachable profesionalidad ha ido subsanando los desprendimientos de policromía que la talla presentaba en su rostro, cuello y manos, así como los arañazos causados por alfileres y el uso de gargantilla. A su vez ha procedido a la consolidación de la policromía y al tratamiento de una pequeña fenda en el rostro de la Santísima Virgen. El resultado del proceso ha sido magnífico, tal y como unánimemente han afirmado todos los que han contemplado la talla tras la restauración.

Parecía ser Jueves Santo, nervios en los corazones nazarenos, el olor a incienso inundaba los alrededores de la vieja Ermita cuando la puerta se habría dando paso a la luz. El rostro de la Señora volvía a acoger las miradas incesantes de sus fieles, que se congregaron en la tarde del sábado para la celebración de un sencillo culto litúrgico de reposición al culto de la Sagrada Imagen. Tras esto gran cantidad de fieles realizaron una ofrenda floral a la Señora con multitud de centros de flores que fueron depositados a sus plantas. Durante el resto del fin de semana gran multitud de devotos acudió al reencuentro con su madre mostrando el amor que la ciudad profesa a la madre del Nazareno.

Elegante y clásica se presentaba la Nuestra Señora del Socorro ante un esbelto dosel rojo que cubría la puerta pequeña del Valle, lugar donde se colocaban los altares de Quinario de la Hermandad. Escoltada por blandones portando cera blanca la Virgen se situaba sobre la peana de salida portando saya de tisú bordada en aplicación de principios del siglo pasado, cíngulo calado en hilo de oro con pedrerías, manto azul bordado en oro del siglo XVII, corona imperial de plata bañada en oro y el antiguo tocado de Filipinas sobre el cual se desplegaban varias piezas riquísimas de joyería. Tras la Señora se situaban los ciriales y faroles de la corporación completando el conjunto.

Su tez anacarada de sonrojadas mejillas vuelve a enamorar a la ciudad. Volvió tras apenas cuarenta días cual perfume de azahar que consume en si la cuaresma para dar paso al gozo. En sus finas y delicadas manos la gloria eterna que permanece en el tiempo mientras en sus lágrimas de cristal se refleja el dolor y la amargura de una madre que es Socorro del alma. Luz que vuelve a brillar con destellos del pasado.


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