miércoles, 9 de marzo de 2011

Cuaresma

Se consume el tiempo en la ceniza. Tizón de palmas y olivos. Llega la hora del repeluco, el dulce caramelo, el son de la corneta, el perfume del azahar y la luz de la cera. Despiertan de su letargo los cinco sentidos.

La cruz del nazareno se plasma en las sienes como llave que abre la puerta del camino que conduce a la infancia del soleado domingo donde la ciudad aclama entre Hosannas al Señor de la pollina, ese que al caer la tarde dará a los hombre la lección de amor más grande de todos los tiempos, el perdón. Cuarenta días hasta entonces. Cada nuevo amanecer la brisa traerá el perfume de la flor nueva que al ocaso se consume entre la luz de la cera.

Reencuentro sagrado. Los ojos de la ciudad se dirigen a lo más profundo de sus raíces, donde afloran sus devociones. Tiempo de ayuno y abstinencia, de limosna y penitencia, de preparación para vivir en comunión con Dios su pasión y muerte para gozar de la gloria de su resurrección. El rito y la regla traen con si Quinarios, besamanos, Vía Crucis, traslados,. . . y en el seno de las Hermandades el ajetreo de los montajes, ensayos, la limpieza,. . .

El tiempo concede hoy la venia para avanzar por este valle de lágrimas donde al final aguarda la gloria del primer Sagrario de Cristo, María, Coronada de fe y amor para guiar nuestros pasos hacia su Hijo.

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