
Aflora el tiempo primero. La luz del pasado ilumina recuerdos de esparto joven, de aquellas primeras puntadas a la bisoña túnica, infancia de aromas nuevos y sombras viejas sobre monte de sangre teñido. Llego la vida en la muerte al Domingo de Ramos, en la mirada perdida de la madre, en la ilusión de los niños que hoy se hacen hombres bajo las trabajaderas.
Declinada la cuaresma a su fin, hunde Dios las sienes en su pecho. Se estremece la ciudad en la llaga de su costado del que emanan la sangre y el agua que consagran el cáliz de la vida. Tres clavos le encadenan al olvido en la memoria de miradas vacías. El silencio impera ante Él, su imagen llena el vacío hasta confundirse con el en sagrado lugar desde donde su palabra nos hace crecer en la Fe.
Permanece su esencia cada Domingo de Ramos aunque ya el sol no le ilumine, ni el incienso le perfume, ni cruja la madera a sus plantas. Ya no acaricia el dintel de la plaza solo el del alma, solo el de los recuerdos de la infancia. Niños a tus plantas, hombres ante tu presencia.
Hoy la ciudad mira emocionada tu inefable apariencia, alfa y omega desaparecen en ti. Reencuentro. La madre vuelve a buscar en el cielo el consuelo a su soledad a tus plantas mientras la ciudad sigue sin asumir tu muerte. No puede tan dulce rostro estar vacío de vida, a lo sumo sumergido en un profundo sueño. Sueño como el de tus hijos en esta víspera dorada que les conduce a sus más arraigados sentimiento.
Hay quien dice que eres el Crucificado de Orce, me cuesta creerlo. Eres el crucificado de La Palma, en sus raíces gubiado a golpes de una Fe que a tus plantas se renueva cada tarde, capaz de arrancar del corazón un susurro que se escapa entre cera derramada e incienso que se consume en la Semana santa. Una humilde palabra es capaz de resumir tanta ternura; Perdón.
Foto: José Mª Pichardo
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada