
Hebrea humilde del dolor.
No queda oro en sus sienes, ni bordado alguno en su aujar, ni encajes en su pecho, solo queda el desconsuelo del llanto sobre su dulce rostro. La cuaresma toma cuerpo de mujer sencilla ante la que la ciudad deposita sus plegarias.
En este tiempo de vísperas que a sus plantas se consumirá, Nuestra Señora de los Dolores se encuentra elegantemente ataviada de hebrea cumpliendo así con la tradición cuaresmal. La Virgen luce manto azul de raso, saya de brocados en color morada y fajin hebraico. Un sencillo tocado de tul blanco enmarca su rostro que se cobija bajo una aureola de estrellas realizada en plata. En sus manos un largo pañuelo y en su pecho un puñal dorado.
Sueño cofrade ante el Señor yacente. La luz de la primavera busca su rostro tras la vieja vidriera aguardando acariciar el romanticismo en el luto de la Tarde del Viernes Santo.
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Fotos: José Mª Pichardo
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