
El dolor de la madre ante la muerte del hijo. La cuaresma se consume como la cera del altar entre los días últimos de la espera, entre los primeros de la primavera.
Siete dolores de María, siete dagas que traspasan el alma de la ciudad, siete tardes de rezo sincero, siete pecados que hombre repudia en su penitencia. Corona de dolor servita en este valle de lágrimas ante la aténtenla mirada de una madre que tornará el dolor en gloria y la muerte en vida.
Esbelto y elegante altar cobija los titulares de la cofradía del Santo Entierro. Un bello dosel de cultos se alza enmarcando estos cultos en el crucero de la Parroquia atenta la atenta mirada de Nuestra Patrona, que preside por primera vez los cultos de esta Hermandad. La Santísima Virgen de los Dolores se encuentra bellísima ataviada con saya blanca borda en oro, manto negro con bordados en su cara vista de hojas de parras, tocado de encajes con pecherin bordado en el que destaca un corazón de plata atravesado por siete puñales. Su hijo yacente descansa a sus plantas sobre una fino lienzo blanco, flanqueado por dos pequeños ángeles que portan un pañuelo y la corona de espinas, reposando su cabeza sobre un cojín rojo. Gran cantidad de candeleria colocada en forma piramidal escolta a las Sagradas imágenes. El exorno floral, repartido por todo el altar, se encuentra compuesto por diversos centros portando flores blancas salpicadas con pequeñas pinceladas moradas.
La Palma aguarda el rencuentro con su Madre de los Dolores en su ansiado Viernes, mientras medita en silencio ante la Buena Muerte del Señor que yace entre un mar de cera blanca, entre un mar de esperanza.
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Fotos: José Mª Pichardo
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